Ella siempre fue una chica risueña, alegre y con unos ojos y
una sonrisa que irradiaban felicidad a por doquier. Nunca la había visto
llorar, definitivamente estoy seguro de que nunca la había visto derramar
lágrimas por sus mejillas. Últimamente no era la misma. Parecía tan irreal, tan…
marioneta de sus propio corazón. Ninguno de los de su alrededor se dieron
cuenta, o tal vez simplemente no quisieron hacerlo… Sin embargo yo sabía cuán
herida y rota estaba por dentro. Aquella máscara que probablemente ella creía
que disfrazaba sus sentimientos clavando con clavos de inseguridad en sus
hoyuelos mostrando así su ahora forzada y frágil sonrisa.
Yo lo sabía.
Ella lo sabía.
No podía seguir así después de todo lo que ella había hecho
por mí. Era mi turno de volver a hacerla reír hasta que le doliese la panza y
su respiración se agitase. Tras haberla visto feliz desde años y años atrás, se
me hacía raro verla así… Era, como si mi propio corazón se quebrase en mil
pedazos al mirarla.
Al día siguiente no salió de casa.
Ni al siguiente.
Ni al otro.
Me mordí el labio y apreté mis puños encorajado. No podía soportarlo
más… Me abrí paso entre la multitud. Crucé sin mirar los semáforos ni los
coches que me rozaron las prendas al correr sin pensar por el paso de peatones
y corrí la calle abajo. Llegué a su casa, con la respiración agitada y con el
corazón acelerado a mil kilómetros por hora. Ella se encontraba frente a mí,
vestida con su vestido – sudadera y su cabello rubio desmelenado. Me miró
sorprendida, con algo de angustia y, de nuevo ahí venía esa sonrisa… Esta vez,
no. La abracé sin pensarlo, acariciando su cabello mientras apretaba su cuerpo
contra mi cuerpo, dejando su cabeza sobre mis hombros.
― ¿Marcos?
― Ya pasó todo. –Susurré. –Soy yo, puedes estar tranquila. –En
ese preciso instante pude notar como todo su cuerpo tembló y la máscara que
portaba desde hacía semanas se quebraba en mil pedazos. Sus ojos lloraban llenando
el suelo de mármol de la entrada con charcos de tristeza. Aquella promesa desde
niños aún permanecía intacta pese al paso del tiempo, porque nuestro lazo era
verdadero, porque hoy por ti, y mañana por mí.
