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jueves, 14 de abril de 2016

Tú.

Ella siempre fue una chica risueña, alegre y con unos ojos y una sonrisa que irradiaban felicidad a por doquier. Nunca la había visto llorar, definitivamente estoy seguro de que nunca la había visto derramar lágrimas por sus mejillas. Últimamente no era la misma. Parecía tan irreal, tan… marioneta de sus propio corazón. Ninguno de los de su alrededor se dieron cuenta, o tal vez simplemente no quisieron hacerlo… Sin embargo yo sabía cuán herida y rota estaba por dentro. Aquella máscara que probablemente ella creía que disfrazaba sus sentimientos clavando con clavos de inseguridad en sus hoyuelos mostrando así su ahora forzada y frágil sonrisa.
Yo lo sabía.
Ella lo sabía.
No podía seguir así después de todo lo que ella había hecho por mí. Era mi turno de volver a hacerla reír hasta que le doliese la panza y su respiración se agitase. Tras haberla visto feliz desde años y años atrás, se me hacía raro verla así… Era, como si mi propio corazón se quebrase en mil pedazos al mirarla.
Al día siguiente no salió de casa.
Ni al siguiente.
Ni al otro.
Me mordí el labio y apreté mis puños encorajado. No podía soportarlo más… Me abrí paso entre la multitud. Crucé sin mirar los semáforos ni los coches que me rozaron las prendas al correr sin pensar por el paso de peatones y corrí la calle abajo. Llegué a su casa, con la respiración agitada y con el corazón acelerado a mil kilómetros por hora. Ella se encontraba frente a mí, vestida con su vestido – sudadera y su cabello rubio desmelenado. Me miró sorprendida, con algo de angustia y, de nuevo ahí venía esa sonrisa… Esta vez, no. La abracé sin pensarlo, acariciando su cabello mientras apretaba su cuerpo contra mi cuerpo, dejando su cabeza sobre mis hombros.
― ¿Marcos?
― Ya pasó todo. –Susurré. –Soy yo, puedes estar tranquila. –En ese preciso instante pude notar como todo su cuerpo tembló y la máscara que portaba desde hacía semanas se quebraba en mil pedazos. Sus ojos lloraban llenando el suelo de mármol de la entrada con charcos de tristeza. Aquella promesa desde niños aún permanecía intacta pese al paso del tiempo, porque nuestro lazo era verdadero, porque hoy por ti, y mañana por mí.

                                                                                                         -@maariaaguilar17

                                                                                               

miércoles, 13 de abril de 2016

Actos, no palabras.

Diciendo en susurros los “te quiero” que nunca supe pronunciar en alto. Relatando cada uno de tus actos en mi diario, describiéndole así a la única persona que en mi vida había amado. Cientos, y cientos de sentimientos que nunca supe explicarte ni demostrarte de corazón. Me acuerdo de cuando me decías, “Yo te quiero pero, ¿y tú?” y yo como tonta me perdía en tus orbes café mientras me observabas sin apartar la mirada. Me repetía una y otra vez mi subconsciente cuánto te quería, gritando en mi mente con esperanza de que saliesen las palabras de mi boca. Te enfadabas al oír solo el silencio que se pronunciaba entre nuestras miradas, te cansaste según tú de dar tanto y nunca recibir nada, pero, ahora soy yo quien te pregunta: ¿Quién era la persona que estaba en tus buenas y en tus malas etapas?; ¿Quién era la que te llamaba en las noches para desearte buenos sueños?; ¿Quién era la que a pesar de no saber decir un “te quiero” intentaba lo imposible por permanecer a tu lado?; ¿Quién era la que puso por ti las manos al fuego aun sabiendo que ardería por defenderte?
Fui yo y solo yo, quien demostró más que nadie. Ahora no me arrepiento de no haberte dicho te quiero, porque solo alguien en su sano juicio podría saber cuánto te he querido con tan solo ver la sonrisa que en mis labios se curvaban en el momento en que te veía llegar a mi lado. En el brillo de mis ojos cuando me abrazabas sin motivo, solo por el simple hecho de que querías. En mis mejillas sonrosadas cuando besabas mis marcados hoyuelos… Pero la vida sigue, por más que los recuerdos permanezcan intactos. Tú sigues tu camino al igual que yo comienzo a andar por el mío. Sólo recuerda que quien te quiere lo demuestra con hechos no con palabras. Los actos hablan por sí solos, mientras que las palabras pueden llegar a mentir por más que sean pronunciadas.