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domingo, 12 de junio de 2016

Y la perdió.

Llamaba desde una distancia lejana su nombre a susurros, con la esperanza de que no se diera cuenta de que en aquel momento estaba desesperado. Desesperado por volver a ella, o más bien porque ella volviera a él. Ella se escapaba de sus manos y ya no había vuelta atrás. Los días se hacían largos y las noches eternas. Pasaba el tiempo, y eran las veinticuatro horas del día las que se pasaba pensando en ella. En su sonrisa. En su aroma. En su risueña sonrisa. En sus marcados hoyuelos. En sus borderías. En sus celos. En sus ojos. En su cabello. Sin darse cuenta, llegó a amar de ella incluso de lo que siempre se quejaba, porque eso era lo que la hacía especial. Eso era, lo que a él le pilló tanto, que fuese tan diferente a lo que él creía que siempre le había gustado. De un momento a otro se convirtió en lo más especial para él, en su tesoro. Y así como un pirata que intentó adueñarse de el tesoro, alguien más listo lo robó ante el, delante de sus narices. Porque fue tonto, porque creyó que nadie lo encontraría, porque creía que era el único que sabía de él. Pero las cosas cambian, y las oportunidades se agotan y, cuando menos te lo esperas, puedes llegar a perder lo que más te importa.

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