Ella era la tonta de siempre. Se había confiado demasiado creyendo que todo volvería a ser como antes, como el agua del río a su cauce. Las cosas habían cambiado y ella no quería darse cuenta. No podía admitir que alguien tuviese más control sobre sí misma que ella misma.
Recordaba la primera vez que le gustó aquel muchacho en su juventud. Aquel amor de dos días, inmaduro y desconfiado. Recibió tanto daño que encerró el sentimiento que gobernaba y atormentaba a su corazón con recuerdos en una caja invisible llamada "destrucción".
Tras eso ella se volvió fría y distante. Forzaba sonrisas en mejillas en las cuáles en lugar de hoyuelos deberían estar cayendo lágrimas contenidas. Sin sentimientos y con cero emociones creía haberse vuelto más fuerte,pero no era así, al contrario. Se había vuelto más vulnerable sin ella saberlo. Hasta que alguien hizo que se diese cuenta de ello.
Un día, alguien tocó a su puerta dispuesto a hacerla feliz y ella la abrió confiada de que se rendiría tras ver que el muro que había levantado era demasiado alto y ancho para que lograse pasarlo. Pero se equivocaba.
Aquel chico conseguía siempre superar sus expectativas. Por primera vez después de un tiempo había logrado sonreír de corazón, notando el calor que invadían sus mejillas al ver que él le sonreía de vuelta. Sin darse cuenta, algo volvió a revolverse en su interior. Aquella caja que encerraba su más mayor miedo y dolor empezaba a sacudirse.
Y con miedo de que la historia volviese a repetirse huyó. A pesar de haberse separado, seguía pasando las noches en vela, seguía leyendo las antiguas conversaciones que duraban hasta la madrugada y seguía intentando olvidar aquello que nunca podría. No a la primera persona que creyó amar, sino a la primera persona que amó siendo nada que le aportaba todo.


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